Las mujeres del III Reich. Por Lothrop Stoddard

La líder del ala femenina del régimen nazi es Frau Gertrud Scholtz-Klink, quien expuso esa faceta del III Reich en una entrevista que me concedió.

Esta conversación fue el punto culminante de varios estudios que, guiado por decididas asesoras, yo había realizado sobre diversas actividades femeninas. Esas múltiples actividades son administradas por el Reichsfrauenfuehrung, una palabra compuesta que significa Centro de Dirección de las Organizaciones de Mujeres Alemanas. La membresía completa de estas sociedades suma un total de 16.000.000. Desde esta sede central en Berlín, el asesoramiento directo llega a cada parte del Reich.

Fue una amarga tarde de mediados de invierno cuando salté de mi taxi y corrí hacia la entrada de la sede nacional, un amplio edificio situado en el extremo occidental de Berlín. El aire estaba lleno de nieve empujada por un fuerte viento. Me alegré al encontrar refugio en el cálido recibidor de entrada, aunque apenas podía abrirme camino entre un montón de equipaje de mano y una multitud de mujeres abrigadas como si se fueran de viaje a las regiones árticas. Más tarde me informaron que eran un grupo de enfermeras y trabajadoras sociales preparadas con destino a Polonia, donde se harían cargo de un convoy de inmigrantes de habla alemana que eran repatriados desde la zona ocupada por Rusia. Testimonio mudo, este, de las múltiples actividades del Reichsfrauenfuehrung, tanto en la paz como en la guerra.

Una señora muy dinámica, de madre estadounidense, la Dra. Marta Unger pronto apareció y me guió escaleras arriba y a través de los pasillos hasta la oficina exterior de su jefa. En ese momento fuimos admitidos en el sanctasanctórum, una sala de recepción agradable, amueblada con buen gusto. Cuando entramos, la famosa líder de las mujeres nos esperaba.

Frau Scholtz-Klink fue bastante sorprendente para mí. A menudo había visto fotos de ella, pero no eran buenos retratos. Debe fotografiar mal, ya que en todas parecía una persona de mediana edad, seria y distante. Cuando la conoces, la primera impresión que te produce es una energía juvenil. Tenía solo treinta y seis años. Una mujer compacta de mediana estatura; camina hacia ti con un paso sencillo y oscilante y te da un firme apretón de manos. Es bastante informal y, a medida que se entusiasma, su rostro se ilumina bajo la corona de abundante cabello rubio enrollado sobre su cabeza con trenzas. Nunca se pone muy seria y se ríe con facilidad.

Comencé la conversación contándole algunas de las actividades de su organización que había visto, y le pregunté cuál era la idea básica que las motivaba. Sin vacilar, respondió: “Fomentar la iniciativa. No puedes simplemente mandar a las mujeres. Debes darles unos principios de acción a modo de guía. Luego, dentro de este marco, déjalas trabajar con la idea de que ellas mismas son las creadoras y desarrolladoras de esas ideas”.

Esto me sorprendió bastante, y se lo dije, señalando que en Estados Unidos existe la impresión generalizada de que la posición de la mujer es menos libre en la Alemania nacionalsocialista que en la República de Weimar, y que esto es especialmente cierto con respecto a las oportunidades profesionales y los derechos políticos.

Frau Scholtz-Klink sonrió, asintió comprensivamente y respondió con rapidez: “Eso depende de lo que entienda por derechos políticos. Creemos que cualquier persona, hombre o mujer, valora políticamente a quien antepone el bienestar del pueblo a su beneficio personal. ¿Qué importa si cinco o seis mujeres son miembros del Parlamento, como ocurría en el régimen de Weimar? Creemos que es mucho más importante que hoy dieciséis millones de mujeres estén inscritas en nuestra organización y que medio millón de mujeres líderes tengan una voz importante en todo lo concerniente a mujeres y niños, desde el Gobierno Central y el Partido hasta el pueblo más pequeño”.

“¿Qué hay de las oportunidades profesionales?”, agregué. “¿Las mujeres alemanas todavía están en las universidades y en puestos tales como trabajos científicos superiores?”

“Ciertamente lo están”, respondió, “y estamos contentas de verlas allí. Es cierto que cuando llegamos al poder por primera vez hace siete años, algunos nacionalsocialistas se opusieron a esto porque tenían prejuicios a causa de ciertas mujeres exageradamente feministas que abundaban en la República de Weimar. Hoy, sin embargo, este prejuicio prácticamente ha desaparecido. Si ocasionalmente nos topamos con un hombre con una mentalidad antifemenina, simplemente nos reímos de él y lo consideramos una vieja rareza que no está acorde a los tiempos”.

“Eso es interesante”, me atreví a decir.

“Pero es fácil de entender”, replicó Frau Scholtz-Klink, “cuando adviertes nuestra actitud y nuestras políticas básicas. A diferencia de muchas organizaciones de mujeres en otros lugares, no luchamos por lo que a menudo se llama ‘derechos de la mujer’. En cambio, trabajamos codo con codo con nuestros hombres en objetivos y propósitos comunes. Creemos que la rivalidad y la hostilidad entre los sexos son tan estúpida y mutuamente dañinas como científicamente erróneas. Los hombres y las mujeres tienen capacidades algo diferentes, pero siempre deben considerarse integradoras y complementarias entre sí, partes orgánicas de un todo mayor y esencialmente armonioso”.

“Entonces, la participación de la mujer en el III Reich, aunque conscientemente femenina, ¿no es feminista?”, fue mi siguiente pregunta.

“Precisamente”, asintió. “Consideramos que es absolutamente vital que las miembros de una organización de mujeres siempre se mantengan femeninas y no pierdan el contacto con sus compañeros masculinos. ¿Cuánto tiempo cree que podría soportar si estuviera encerrada aquí con varios cientos de mujeres todo el rato? ¡Porque no me quedaría aquí ni tres días! No, no, puedo asegurarle que nuestra organización no funciona como un convento de monjas. Nos reunimos frecuentemente con nuestros colaboradores masculinos en reuniones informales donde charlamos y bromeamos juntos sobre nuestros problemas más importantes”.

“Cuénteme un poco más sobre su organización”, sugerí.

Frau Scholtz-Klink pensó por un momento; luego prosiguió: “Las mujeres nacionalsocialistas no comenzamos con ningún programa predefinido o teorías preconcebidas. Cuando llegamos al poder hace siete años, nuestro país estaba en una situación terrible y teníamos muy poco con qué trabajar. Así que comenzamos de la manera más simple, ocupándonos de las necesidades humanas inmediatas. Toda la estructura elaborada que ve hoy ha sido una evolución natural, un crecimiento espontáneo”.

“¿Qué hay de sus destacadas personalidades?”, le pregunté.

Sonriendo, sacudió la cabeza. “Definitivamente, minimizamos las personalidades”, desaprobó. “En nuestra opinión, pensar en primera persona implica que uno no está haciendo lo correcto. Tómeme a mi, por ejemplo. Le aseguro que realmente no me importa si, dentro de cincuenta años, cuando nuestro objetivo actual haya sido plenamente logrado, la gente se acuerde de quién fue la que lo empezó y lo puso en funcionamiento”.

“¿Cuáles son sus relaciones con las organizaciones de mujeres en otras tierras?”, pregunté.

“No somos internacionalistas en el sentido en que se suele usar ese término en el extranjero”, respondió Frau Scholtz-Klink. “Nos preocupamos principalmente de nuestros propios problemas. Por supuesto, estamos muy contentas de estar en contacto con mujeres de otros países. De hecho, tenemos una buena casa de huéspedes aquí en Berlín, donde las mujeres visitantes pueden venir y quedarse todo el tiempo que quieran, viendo y estudiando todo lo que hacemos. Si lo aprueban, tanto mejor. No tenemos patentes. En este sentido, por eso creo que tenemos una de las organizaciones de mujeres más efectivas. Pero todavía no vemos claro unirnos al Consejo Internacional de Mujeres”.

Detrás de esa declaración oficial del punto de vista de la feminidad nazi se encuentra una de las historias más interesantes en la evolución del III Reich.

Bajo el antiguo Imperio, los puntos de vista conservadores prevalecían en el terreno de las relaciones domésticas. El hombre era en gran medida el cabeza de familia. La mujer cumplía su papel tradicional de esposa y madre. El kaiser Wilhelm describió la esfera de la mujer como delimitada por “las tres K”, Kinder, Kueche, Kirche: niños, cocina, iglesia. La mayoría de sus súbditos estaba aparentemente de acuerdo con él. Hubo cierta disidencia, que no fue legalmente perseguida. Pero estos disidentes eran una minoría relativamente pequeña.

Cuando el Imperio desapareció, las relaciones domésticas se sumieron en la confusión. Las ideas liberales y radicales sobre la posición de la mujer se popularizaron, todas de marcado carácter individualista. Las mujeres obtuvieron el derecho a voto y participaban activamente en la política. Aparecieron nuevos tipos de feministas, con intención de desarrollar sus personalidades y buscar ocupaciones fuera del hogar. La mujer “emancipada” parecía estar marcando el tono.

Estas tendencias radicales podrían haber sobrevivido en una atmósfera de estabilidad política y prosperidad económica. Pero los tiempos no fueron ni estables ni prósperos. Cuando la depresión mundial golpeó Alemania al final de la década de 1920, las condiciones se volvieron desesperadas. En esta atmósfera caótica, el nacionalsocialismo se fortaleció y finalmente prevaleció.

Una de las primeras tareas de la revolución nazi fue barrer con todas las nuevas ideas sobre las relaciones domésticas. Adolf Hitler acentuó sus puntos de vista sobre el tema. En uno de sus discursos de campaña, declaró: “No hay lucha para el hombre que no sea también una lucha para la mujer, ni una lucha para la mujer que tampoco sea una lucha para el hombre. No diferenciamos entre los derechos de los hombres y los de las mujeres. Reconocemos un solo derecho para ambos sexos: un derecho que también es un deber: vivir, trabajar y luchar juntos por la nación”.

Con esta firme actitud, Hitler aparentemente tenía a una gran parte de las mujeres alemanas de su lado. Desde el comienzo del movimiento nazi, las mujeres tomaron un papel importante y fueron numerosas entre los seguidores más devotos del Führer. Estas mujeres declararon que no deseaban “igualdad” ni “derechos de la mujer”. Lo que querían era un hogar. Para la mayoría de las mujeres alemanas, la “emancipación” había significado poco, excepto trabajo duro con salario escaso, y la idea se volvió completamente amarga cuando la depresión económica hizo que innumerables hombres desempleados tuvieran que depender de sus mujeres. Por lo tanto, cualquier programa que prometiera firmemente cambiar esta situación anormal contaba con el apoyo entusiasta de muchas mujeres y hombres.

Eso fue exactamente lo que el nacionalsocialismo prometió con su compromiso de restablecer el orden tradicional de las relaciones domésticas. Ofrecía una imagen seductora de un régimen de hombres varoniles y mujeres femeninas: los hombres varoniles como proveedores y luchadores; la mujer femenina como esposa, madre y guardiana del hogar doméstico.

Según la teoría económica nazi, la ocupación natural de la mujer es el matrimonio. Siguiendo el engañoso camino del materialismo liberal-marxista, dijo Hitler, la mujer misma había sido la principal víctima. Al incorporarse a los negocios, la industria y los oficios, las mujeres echaron a los hombres de sus puestos de trabajo y se convirtieron en sus competidoras en lugar de en compañeras y socias. Al hacerlo, las mujeres no solo se despojaron de su felicidad suprema (un hogar y niños) sino que también se volvieron en gran parte responsables de la crisis económica que finalmente dejó a las mujeres en una situación económica peor que la anterior. Cuando tanto hombres como mujeres se convirtieron en productores, no quedaban suficientes consumidores para consumir lo que producían.

Esa fue la teoría nazi. Y prendió como un reguero de pólvora. Las portavoces nazis denunciaron que el régimen de Weimar había degradado la feminidad alemana hasta convertirlas en “parásitos, pacifistas y prostitutas”. Fueron estas fanáticas mujeres quienes lograron convertir a su causa a gran cantidad de sus hermanas. El “Frente de la Mujer” del movimiento nazi pronto se convirtió en una de sus ramas más influyentes. Y lo interesante es que estaba dirigido por las propias mujeres.

Las actividades de este Frente de la Mujer son complejas y de largo alcance. Se superponen en muchos campos que ya hemos estudiado, como los sectores femeninos del Servicio del Trabajo y la Juventud Hitleriana, así como algunas fases de la gran organización de servicios sociales conocida como NSV, que describiremos en el siguiente capítulo.

Su iniciativa más antigua es el Muetterdienst, o Servicio de Madres, una red de escuelas para adultos que imparte cursos de instrucción en cuidado infantil, higiene general, enfermería domestica, cocina, costura y embellecimiento de la casa. Se establecen delegaciones permanentes en todas las ciudades y grandes pueblos, mientras que profesores itinerantes imparten cursos en las aldeas y los campos más remotos. El sistema ya ha llegado a todo el Reich y varios millones de mujeres han pasado por esta educación doméstica, un curso intensivo con clases limitadas a veinticinco personas, ya que la instrucción es lo importante, no las conferencias teóricas sino la enseñanza práctica mediante demostraciones reales en las que las alumnas participan. Junto a estos cursos para amas de casa hay otros para futuras novias.

La mayoría de los observadores extranjeros coincidían en que esta educación doméstica había ayudado a muchas mujeres alemanas a ser mejores esposas y madres. Yo mismo investigué la gran Escuela Materna establecida en Wedding, un barrio de Berlín habitado por gente trabajadora. Esta institución también funciona como una especie de escuela normal donde se prepara a profesores. Conocí y hablé con las miembros del presente curso, procedentes de todas partes de Alemania. Parecían ser jóvenes serias y capaces, bien preparadas para sus futuros trabajos.

Otro campo importante de servicio es la industria, donde las “mujeres de confianza” más preparadas trabajan en fábricas, almacenes y oficinas que emplean mucho personal femenino. Estas mujeres están, de esta manera, en contacto personal con las condiciones laborales. Naturalmente, estas mujeres son el mejor tipo de propagandistas para el Partido y sus ideas. Si el espacio me lo permitiera, podría describir otros campos de trabajo con valoraciones generales como esta. Al menos medio millón de mujeres participan activamente en diversos sectores de trabajo.

Esta, por supuesto, es la respuesta que Frau Scholtz-Klink y sus compañeras dan a la acusación de que el nacionalsocialismo ha expulsado a las mujeres de la vida pública. Ellas afirman que el nacionalsocialismo ha cambiado la naturaleza de esas actividades hacia canales más fructíferos. De hecho, toda la tendencia económica en el III Reich, al convertir la masiva escasez de trabajo en un desempleo mínimo, ha conducido a las mujeres a todo tipo de actividades fuera del hogar, lo cual no es exactamente lo que Hitler prometió a sus seguidoras femeninas. Se estima que casi 12.000.000 de mujeres tenían un empleo remunerado en el Reich cuando estalló la guerra, y esa cifra sin duda aumentará enormemente a medida que los hombres son movilizados continuamente hacia el esfuerzo bélico. Sin embargo, aún en estas nuevas circunstancias, es probable que la actitud y política nazis permanezcan básicamente inalterables.

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