Raza y alma. Por Ludwig Ferdinand Clauss

Texto de introducción a la tercera edición de 1940 del libro “Rasse und Seele. Eine Einführung in den Sinn der leiblichen Gestalt”.


EI problema de los valores

Cada vez que surge en la Historia alguna novedad no se necesita esperar mucho para encontrar una feroz resistencia. A lo que la investigación alemana en psicología racial ha tenido que enfrentarse en la misma Alemania ha sido también la suerte de toda la psicología racial alemana en el resto del mundo. Se lanzaron acusaciones indignantes que en su mayor parte eran, por lo demás, tan simplonas y estúpidas que con el paso del tiempo murieron de muerte natural. Poco a poco, las armas dirigidas en contra nuestra se afinaron. Pero, siempre, la cuestión de los valores estuvo en el centro de la argumentación que debía abatirnos. Se nos acusó de considerar la raza nórdica como la única válida, todas las demás se suponía que lo eran menos… Allí donde este “argumento” se creyó, nos hizo tanto más daño cuanto el epíteto “nórdico”, fácilmente mal interpretado por el profano, se presta a toda clase de manipulaciones gratuitas, que van desde la deshonestidad a la estupidez.

El Vaticano, desgraciadamente, unió su voz a las vociferaciones contra las investigaciones de la psicología racial. Nos atacó con sus métodos habituales en un artículo de L’Osservatore Romano del 30 de abril de 1938. Como mis libros fueron igualmente el blanco de esos ataques, es mi deber, me parece, decir algunas palabras para poner las cosas en la perspectiva correcta, al menos en lo que me concierne. No molestarán si ellas anticipan las explicaciones de este libro.

Hay tres falacias por medio de las cuales estos ataques intentan poner una cuña entre nosotros y nuestros vecinos. Primero, se ha creado la impresión de que la ciencia racial alemana atribuiría a cada raza, como el profesor a sus alumnos, un rango determinado. Esto es, colocaría en puestos jerárquicos a las razas, correspondiendo el primer lugar a la raza nórdica. Lo que implicaría que la raza mediterránea, por ejemplo, debería contentarse con el segundo lugar, o peor, con alguno incluso inferior.

Nada es más falso. Cierto, hay libros y folletos, aparecidos en Alemania y en otras partes, que sostienen eso. Pero la psicología de la raza, que, a fin de cuentas, es el único campo cualificado para hacer juicios sobre valores psicológico-raciales, nos ha enseñado desde el principio, muy explícitamente, que cada raza representa en sí misma y para sí misma el valor supremo. Cada raza aporta su propio sistema y su propio patrón de valores, y no puede ser medida por los criterios de otra raza.

Es por tanto absurdo y anticientífico analizar la raza mediterránea con los ojos de la raza nórdica y hacer sobre ella un juicio de valor según el sistema nórdico de valores -y lo inverso es también verdadero. Seguro, tales desatinos se producen sin cesar en la vida cotidiana, y eso es inevitable. Pero para la ciencia hay allí una falta de la lógica de lo más elemental. Para juzgar “objetivamente” el valor de una raza humana, sería necesario estar por encima de todas las razas. Cosa imposible, porque ser hombre es estar racialmente condicionado. Dios, tal vez, conoce la jerarquía de las razas. Nosotros, no.

La ciencia tiene pues por misión encontrar las leyes que gobiernan la constitución física y mental de cada raza. Sólo después de que las leyes de cada raza son descubiertas, puede concordarse su sistema interno de valores. Se pueden comparar estos sistemas de valores: la escala de valores específica de la raza nórdica, por ejemplo, puede ser comparada a la de la raza mediterránea. Estas comparaciones son instructivas, porque toda cosa, en el mundo en que vivimos, no devela su naturaleza más que si se distingue de otra diferente. Pero esos órdenes de valores no pueden ser juzgados “en sí”, desde un punto de vista superior, ya que no existe tal punto de vista.

¡Que el nórdico sea nórdico y el mediterráneo, mediterráneo! Porque solo si cada hombre es sí mismo entonces será “bueno”, cada uno a su manera. Esta es la convicción de la psicología racial alemana que tengo el honor de representar, y es la posición adoptada por la política racial del gobierno alemán: la Oficina de la Política Racial del NSDAP (Rassenpolitische Amt der NSDAP) ha hecho imprimir y distribuir en las escuelas planchas ilustradas donde se puede leer en grandes caracteres: “CADA RAZA REPRESENTA EN SÍ MISMA EL VALOR SUPREMO”.

El factor psicológico racial no reside en factores individuales

La segunda falacia que L’Osservatore Romano querría propagar es la siguiente: para la ciencia alemana, una raza se distinguiría de otra por la posesión de cualidades que las otras no tienen. La raza nórdica, por ejemplo, se señalaría por su discernimiento, su dinamismo, su sentido de las responsabilidades, su carácter concienzudo, su heroísmo; las otras razas estarían desprovistas de todas esas cualidades. No se puede negar que numerosos tratados antiguos de antropología, entre los cuales algunos fueron redactados por alemanes, contienen ese tipo de afirmaciones, bien poco psicológicas. No obstante, ¿no es mejor consultar a un zapatero sobre el calzado, a un marino sobre la navegación y un psicólogo antes que a un anatomista sobre las leyes de la psicología?

Desde 1921, la psicología racial alemana nos enseña claramente esto: el factor psicológico racial no reside en tal o cual “cualidad”. Las cualidades son cuestión individual: tal tendrá tales cualidades, tal otro tales otras. La cualidad “heroísmo” se encuentra sin ninguna duda en numerosos hombres nórdicos, pero igualmente en otras razas. Es lo mismo para el dinamismo, el discernimiento, etc… El alma de una raza no consiste en poseer tal o cual “cualidad”; sino más bien en el movimiento a través del cual esta cualidad se manifiesta cuando está presente en un individuo. El heroísmo de un nórdico y de un mediterráneo puede ser igualmente “grande”; no es menos cierto que esos dos heroísmos no se presentan de la misma manera, se expresan de manera diferente, por una gestualidad diferente.

El procedimiento perfectamente pueril consistente en reunir una suma de cualidades individuales que se encuentren entre representantes de una raza particular, digamos de la raza nórdica, y suponer que es en la posesión de esas cualidades donde reside el hecho racial, es tan poco inteligente como querer describir el aspecto físico de una raza -la nórdica, por ejemplo- diciendo: tiene una nariz, una boca, brazos, manos. Sin ninguna duda, esta raza posee todo eso, y además muchas otras cosas. Pero todas las razas poseen una nariz, una boca, brazos y manos. No es entonces allí, en la posesión de tal o cual parte del cuerpo, donde hay que buscar el hecho racial. Lo que, en cambio, está determinado racialmente, es la forma de la nariz, de la boca, y de la manera de la que uno se sirve de ellas. Lo mismo para la forma de los brazos, de las manos y la manera en la que se mueven. Nadie que tenga ojos puede discutir que el hombre de raza mediterránea se mueve en el espacio de modo diferente al nórdico, que marche de modo diferente, que dance de modo diferente, que acompañe su discurso de gestos diferentes. En cuanto a saber qué movimientos del cuerpo, qué gestualidad, tienen más valor, los del mediterráneo o los del nórdico, es una cuestión vacía de sentido.

Cada uno de acuerdo a su naturaleza, cada uno de acuerdo a su estilo.

Los movimientos del cuerpo son la expresión de los movimientos del alma, como atestiguan el juego de los músculos de la cara y los gestos de los brazos y de las manos que marcan la elocución. ¿Por qué el hablante agita sus manos de tal manera y no de otro modo? Porque el ritmo en el que vive su alma le dicta esa manera de mover las manos. El estilo de los movimientos del alma determina el estilo de los movimientos del cuerpo, porque los dos no son más que uno.

Un ejemplo simple, sacado de la observación cotidiana, ilustrará esta idea: ¿cuál, el nórdico o el mediterráneo, es el más “dotado” para conducir un automóvil? Cuestión, aquí de nuevo, vacía de sentido. No es “el” nórdico ni “el” mediterráneo el que tiene el don de esto o de aquello: numerosos seres humanos, pertenecientes a esas dos razas, son capaces de conducir un automóvil. Pero los nórdicos lo serán de cierta manera, y es esta manera lo que los hará reconocibles como tales. De la misma manera, los mediterráneos lo serán al modo mediterráneo, y es en esto que se les reconoce como mediterráneos. He aquí la diferencia entre esos dos estilos de conducir: el conductor mediterráneo es señor del instante; donde se encuentra, está en la perfección acabada del momento presente. Con un movimiento brusco del volante, abordará un viraje a toda velocidad, evitará un obstáculo y frenará con efecto inmediato. Cuanto más loca y peligrosa es la acción, más magnífico será el juego. El automovilista nórdico no lo sigue en este terreno; no porque él sea un mal conductor, sino porque la ley que preside los movimientos de su alma y de su cuerpo le dicta un estilo de conducta diferente.

El nórdico no vive en lo que es, vive siempre en lo que será; no es el señor del instante, es el señor de lo lejano. No abordará un viraje de manera brusca, describirá por el contrario un vasto arco de círculo: para él, el viraje es “bello” si lo ha previsto y si lo acentúa lo menos posible. El mediterráneo gusta de la sorpresa, de lo imprevisto; por ello, se afirma como el señor del instante presente. El nórdico trata siempre de presentir, de prever lo que va a venir, incluso si esto no es seguro. Es por eso que él se crea un código de ruta pensado hasta en las últimas eventualidades, lo que exaspera al mediterráneo. Porque para este último, suprimir la excitación de la sorpresa, no es simplificarle la tarea.

Los pueblos no se identifican con las razas

La tercera falacia de L’Osservatore Romano consiste en pretender que el pueblo alemán es identificado con la raza nórdica y el pueblo italiano con la raza mediterránea. Si no se dice explícitamente, se sugiere implícitamente. Ahora bien, el pueblo alemán está compuesto de varias razas, entre las cuales la nórdica predomina, por cierto. Pero hay también sangre diferente en el pueblo alemán; por ejemplo, la mediterránea. Igualmente, el pueblo italiano está constituido por varias razas, entre las cuales la raza mediterránea domina, sí (al menos en la mitad meridional de la península); pero hay otros aportes en el pueblo italiano, sangre nórdica, por ejemplo. No existe frontera racial rígida entre los dos pueblos; por el contrario, tienen mucho en común en su sangre. Este parentesco biológico se remonta a los más antiguos tiempos de Roma y se ha renovado muchas veces desde entonces. En el seno de las dos culturas, la germánica y la romana, el juego y contra-juego de lo nórdico y lo mediterráneo opera, pero el resultado de ello es diferente de una cultura a la otra: estas dos civilizaciones se han formado juntas, la una al contacto de la otra. La romana es más antigua, la germánica es más reciente. ¿Cuál tiene más valor, la más antigua o la más joven? Allí, de nuevo, el problema nos parece mal planteado. La trampa que consiste en despertar la sospecha hacia la política racial alemana para sembrar la desconfianza entre pueblos amigos no puede hoy sino engañar a los ingenuos. Todos los actos de la política internacional o colonial vienen a corroborar las adquisiciones de la psicología racial y confirman su utilidad práctica en las relaciones entre pueblos diferentes. Su fin no es separar a los pueblos, sino aproximarlos, en tanto establece entre un tipo y otro una comprensión mutua basada científicamente.

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