Banderas de la infamia

El 30 de abril de 1945, en los últimos días de la II Guerra Mundial, cuando Europa estaba en llamas y se acercaba el terrible desenlace del conflicto, la división de infanteria estadounidense “Rainbow” tomó la ciudad de Múnich. La considerada como “capital del Movimiento” en la Alemania nacionalsocialista sucumbía al fin a las nefastas huestes aliadas tras haber sufrido más de 70 ataques aéreos durante los cinco años anteriores. La hermosa capital bávara caía a la vez que se sellaba el fatal destino de Alemania y Europa en aquel trágico ocaso de los dioses.

Sin aparentemente nada mejor que hacer, ni temas más urgentes que atender, el actual alcalde de la ciudad, el socialdemócrata Dieter Reiter, decidió conmemorar el pasado día 30 el 75º aniversario de la caída de Múnich en manos de los sádicos asesinos y violadores aliados organizando una lamentable jornada llamada Tag der Befreiung (“día de la liberación”), ayudado por el inefable activista antifascista Wolfram Kastner, que consistió en la colocación de varias banderas blancas en edificios emblemáticos de la ciudad, en señal de rendición y sumisión. Igualmente, se animó a todos los vecinos de la localidad a colgar banderas blancas en sus ventanas. A pesar del predecible autobombo y palmaditas en la espalda propia, no hay más que visitar la página web de tan perversa iniciativa para comprobar el escaso éxito de la misma, apreciándose además claramente que muchas de las fotografías mostradas son malísimos fotomontajes en los que las banderas blancas han sido añadidas digitalmente. Pero no importa, sin duda tanto Reiter como Kastner estarán orgullosos de haber malgastado el dinero de los contribuyentes en semejante hazaña…

Celebrar el comienzo de esta espantosa era, de estos últimos 75 años de miseria, corrupción y materialismo, es algo propio solamente de psicópatas y de imbéciles integrales, pero estos son los signos de nuestro tiempo. Un pueblo, el europeo, totalmente perdido y sin rumbo desde 1945, despojado plenamente de su espíritu faústico, desconectado de la realidad y celebrando su propia desaparición.

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