El tiempo de los partidos ha terminado. Por Colin Jordan

La política más allá del partido

Vivimos en el ocaso de una era condenada. Envueltos en una sociedad enferma, condenada a muerte en el ciclo cósmico de la transformación por su inherente incapacidad para superar sus presiones y tensiones: un viejo orden que ahora muestra multitud de manifestaciones de su avanzada desintegración. Sin embargo, su desaparición final puede retrasarse mucho, y mientras tanto sus comprometidos defensores se aferran al poder, ejercido a través de la fuerza velada de la censura y el adoctrinamiento, la negación de facilidades a sus oponentes y un uso creciente de la coacción y la represión.

Estas condiciones suponen una lucha a vida o muerte para aquellos preocupados por la supervivencia y el avance del Hombre Superior a través de un Nuevo Orden o Arianidad. En tal lucha, el requisito previo para una acción eficaz es la evaluación exhaustiva de los medios y las formas. Todas las prácticas y procesos deben someterse a un análisis de coste / efectividad, y deben consecuentemente ser adoptados o rechazados. Con ese telón de fondo, este artículo trata de mostrar que los días de los partidos políticos han terminado. Su llamamiento a las masas con grandes pancartas y panfletos, marchas por las calles y todo el resto de su rutina diseñada para seducir y ganar el voto mayoritario de la población en una elección es algo irremediablemente improductivo.

El partido político, cualquiera que sea su contenido, e incluso cuando sea teóricamente antidemocrático, es el producto organizativo de la sociedad de masas llamada “democracia”, lo que significa una sociedad que pretende atender y satisfacer al hombre común. Fue precedida por el mandato abierto y declarado de las minorías, y la democracia no está menos sujeta a las minorías que cualquier otra sociedad existente o imaginada, su única distinción a este respecto es la del modus operandi de sus minorías. Es, excepto cuando está mortalmente amenazada -y por lo tanto llevado a una desviación de su forma normal- principalmente manipuladora y engañosa, y no descaradamente represiva. Este dominio de las minorías debe esperarse como una realidad de la vida. El mandamiento público, salvo en algunos diminutos sectores de la administración, nunca ha existido, y nunca puede existir y nunca existirá. La civilización, su gestión y sus mejores frutos, siempre han venido no del hombre común sino del hombre poco común. Afirmar esto de ninguna manera niega el argumento en favor de la distribución justa de los beneficios materiales a los primeros, por muy bajos que sean en cuanto a capacidad y esfuerzo y sus consiguientes obligaciones. Con el término “masas”, como se usa aquí, no nos referimos a una clase material sino a una clase mental, independientemente de sus medios económicos, compuesta por la totalidad de la aborregada ciudadanía en su conformidad con el status quo impuesto y bendecido por los medios de comunicación de la democracia.

La caja de control de la democracia

El partido político entró en uso en los primeros días del desarrollo de la sociedad de masas, como consecuencia del aumento de la comunicación entre la población general y del aumento de la uniformidad de sus vidas, ambos resultantes de la Revolución Industrial, y esto mucho antes de la llegada del medio más moderno y poderoso para moldear las mentes de las masas: la televisión. Con la televisión, hoy las minorías dominantes de la democracia tienen un instrumento de control mental en el centro de prácticamente todos los hogares del país, lo que garantiza que millones y millones de bobos engañados por el tubo de rayos catódicos piensen a la manera “democrática”, y así lleguen a votar por opciones “democráticas”. El contenido de la caja de televisión hoy decide el resultado de las urnas mañana.

El sistema de partidos se encuentra así bajo el firme poder del enemigo del resurgimiento nacional y racial, e ignorar la televisión, al igual el resto de medios de comunicación, es una pérdida de tiempo. Incluso Hitler, que llegó al poder justo antes de que sus oponentes obtuvieran esta arma, hoy no podría tener éxito sin al ayuda de la caja mágica. En lugar de tratar de adquirirla para nosotros o destruirla para los demás, solo hay una forma en que se puede superar su influencia omnipresente, hipnótica y maligna, y es a través de una ruptura total en la sociedad lo suficientemente dolorosa como para sacar a la gente de su coma de esclavitud.

Creado para las masas y preocupado por ellas, un partido nacionalsocialista inevitablemente queda neutralizado y corrompido por la imposición del número. En la ilusoria búsqueda del número como medida de fuerza, comete dos graves errores que garantizan su debilitamiento. En primer lugar, en su deseo de atraer al hombre común en grandes cantidades, tiene que establecer sus requisitos de membresía a un nivel suficientemente bajo como para ofrecerle la gratificación de identificarse con una causa supuestamente elevada a cambio de, como mucho, el pago de una mísera cuota. Después de haberlo traído al redil, en lugar de haberle simplemente acercado la hucha de colectas fuera, y siendo su contribución claramente insuficiente para permitir un progreso deseable, sigue una lucha constante para tratar de convencerlo de hacer más, lo cual no es más que la locura de tratar de convertir en activista político a un ser cuya propia naturaleza se lo impide. Por lo tanto, el papel del partido político va en contra de esa ley de hierro de la humanidad que decreta que los activistas políticos son y siempre serán una pequeña minoría, más productivos por sí mismos, y que el resto de la humanidad es y siempre será de la naturaleza de espectadores políticos.

En consecuencia, aunque necesariamente comienza como un núcleo de activistas políticos, el partido pronto termina disipando la calidad de sus activistas debido a la adhesión de los demás. Debido a estas adhesiones, se realiza un esfuerzo interminable para tratar de mantener contentos a los hombres reclutados de la masa. Las actividades para este fin preciso tienen que organizarse en todo el país, siendo costosas en tiempo y dinero, incluyendo viajes de ida y vuelta para los implicados, principalmente en beneficio de las compañías de petróleo, las compañías de autobuses y British Railways. Más allá de esto, en gran medida, el partido tiende a degenerar en un grupo de diversión y juegos más que nada, muy preocupado de la imagen y las apariencias, y los balbuceos y las borracheras del grueso de sus miembros.

Trampas del sistema de partidos

El segundo gran error del partido es ampliar tanto sus límites ideológicos en la búsqueda del número que, de ese modo, no logra una mayor fuerza sino una menor, a causa de la desunión que esto implica. La amalgama del número sin una unión de las mentes es solo una congregación de cuerpos condenados a la discordia y la disrupción, porque solo es una apariencia de unidad y no una unidad real, que siempre depende de un claro predominio de una creencia común. Con sus brazos demasiado abiertos en señal de bienvenida, el partido, a causa de la amplitud de sus políticas, acepta diferencias demasiado grandes de digerir. Aparte de atraer militantes con ciertas diferencias ideológicas, lo cual es positivo, también atrae una pantanosa afluencia de gente menor: menor en cuanto a las limitaciones de su mente, visión y espíritu saturados con todas las percepciones y sentimientos superficiales de la democracia; gente que quiere un hobby de radicalismo rebelde para su tiempo libre, gente atada a las cadenas mentales de las nociones de “respetabilidad” y “moderación” de la democracia, y por lo tanto incapaz aportar nada al pensamiento y la acción revolucionarios.

Con la combinación fatal de bajos requisitos de membresía y amplios límites políticos, el partido político no puede hacer otra cosa que presentar un débil espectáculo del perro paseando al amo, y no al revés. Un cálculo completo de la relación coste / efectividad de este funcionamiento, es decir, lo que se gana con todos los reclutas relativamente inactivos pero desproporcionadamente ruidosos en la búsqueda desesperada de cantidad, a cambio de todo el esfuerzo constante para contenerlos, condena completamente la efectividad del partido.

Se dice que cada poco ayuda. Por lo tanto, aumentando el número se obtiene más de lo que cuesta; pero hay que saber que la unión de muchos “pocos” nunca traerá la victoria en una lucha importante, incluso cuando los números se multipliquen mucho. De lo contrario, cometeremos la locura de caer en la vanidad igualitaria de que lo poco es mucho. Hacerlo es crear una confución y una frustración en las que los pocos que son activos son anulados y desanimados por tener que cargar con la masa de los inactivos que hay a su alrededor. La cuestión aquí no es en absoluto que los pequeños pedacitos de ayuda de la masa en general deban ser menospreciados y rechazados, sino que pueden y deben permanecer fuera del núcleo de activistas políticos, separados como un equipo de trabajo; y no necesitas ser, ni deben, por lo tanto, ser aceptados como miembros normales de la misma organización, como sucede con los partidos políticos.

La futilidad de las urnas

La misma razón de ser de un partido político es atraer lo suficiente a las masas para obtener suficientes votos en las elecciones como para obtener el poder del Estado y así formar un gobierno del país. Los partidos nacionalistas han estado operando durante décadas con este fin, y sin embargo no han logrado obtener un solo escaño en el parlamento, ni siquiera se han acercado a él, y mucho menos una mayoría necesaria en el parlamento, lo cual supone cientos de escaños. Si bien durante esas décadas la difícil situación de nuestra raza y nación ha empeorado más y más, tales partidos ni se han acercado al éxito.

Algunos ven este obvio fracaso en llegar a ser lo suficientemente conocidos y aceptables para las masas como un error a la hora de amoldar la ideología lo suficiente al mercado político, incluido el hecho de no haber podido evitar el estigma de “nazi” y “extremista”. Su solución entonces es convertirse ellos mismos a las masas, en lugar de tratar de convertir a las masas a ellos, buscando así competir con los partidos establecidos en su propio terreno, acercándose a ellos, mientras carecen de todas las ventajas de la infraestructura que esos partidos ortodoxos poseen. Tales personas, orgullosas de su astucia, perpetran el absurdo de abandonar la capacidad en pos de la oportunidad.

En la intimidad, y con un guiño de complicidad, algunos confiesan que sus contorsiones son solo una fachada, y que cuando estén en el poder mostrarán su verdadero rostro. Su verdadero rostro, ya bastante evidente, equivale a debilidad constitucional. Tal es el funcionamiento de esta debilidad, cediendo a ella vienen unas contraprestaciones que nunca podrán pagar. Los estigmas que temen y de los que en vano se distancian no son sino el resultado de todas las propuestas adecuadas para nuestro resurgimiento nacional y racial, evitables solo por un procedimiento vergonzoso de autoesterilización.

Otros, no tan blandengues, admiten que el éxito electoral está fuera de alcance, pero argumentan que las campañas electorales se justifican por la publicidad y el reclutamiento resultantes. Sin embargo, para probar su teoría, deben mostrar, y no lo harán, que la ganancia en cantidad y calidad de apoyos resultante de tales elecciones al menos iguala, si no excede, la ganancia que se lograría mediante un gasto igual de tiempo y dinero en otros métodos. Una cosa que tales tendencias electoralistas ciertamente no logran es aquella manifestación que mueve a las masas más que el intelecto y los ideales -la manifestación de la fuerza- ya que casi siempre resultan en una miserable manifestación de debilidad.

Nuestros gobernantes, seguros de su dominio de los medios y, por lo tanto, de las mentes del electorado, están relativamente contentos -si no pueden disipar o disuadir toda resistencia- al permitir que los disidentes de la democracia se agoten en el desgaste del sistema de partidos que ellos han ideado y dominado. Confían en que, si por alguna casualidad, estos inconformistas se convirtieran en una amenaza real, podrían aumentar la gama de impedimentos ya existentes y conseguir su prohibición. El engaño de la democracia es proclamar continuamente a su hechizado público la prevalencia de la libertad, mientras que impide su ejercicio gracias a una combinación de artimañas. En esta conspiración de represión, la actual revisión de la Ley de Orden Público tiene el propósito de dar una vuelta de tuerca mucho más estricta aún para cualquier partido nacionalista o nacionalsocialista que prácticamente lo paralice. Incluso si sucediera un verdadero milagro, y tal partido obtuviera la mayoría de los votos, ¿podría creer que los amos de la democracia, enfrentados a su desaparición, aceptarían el veredicto de las urnas y entregarían pacíficamente el control? Lo que vendría después sería una lucha abierta.
Por lo tanto, no es una opción para nosotros, sino una necesidad última en cualquier eventualidad.

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