Hoc signo vincitur inimicus. Por Eduardo Núñez

El 8 de septiembre es el día de Asturias y también el día de Extremadura y, así mismo, el 9 de octubre es el día del Reino de Valencia, por lo que merece la pena aprovechar la ocasión para recordar la Reconquista como arquetipo heroico europeo, y al mismo tiempo poner los poner los puntos sobre las íes respecto a estas tres comunidades.

El genial historiador medievalista Claudio Sánchez-Albornoz definió a España como una “comunidad racial de rancio abolengo romano-germánico”. Incluso durante la invasión y ocupación musulmana, parte de la nobleza visigoda se pasó al Islam y fue la creadora de Al-Andalus (que en árabe significa “tierra de vándalos”, es decir, tierra de germanos), y la otra parte de la nobleza visigoda fue la que dio nacimiento a los reinos cristianos medievales.
Respecto al reino de de Asturias, el rey Don Pelayo (¿? – 737), fue el dirigente de la resistencia cristiana frente a la invasión musulmana en tierras astures con su victoria en la batalla de Covadonga y la subsiguiente reconquista de Gijón, quien sentó las bases de la naciente monarquía asturiana, que se extinguió con la muerte del rey Don Rodrigo en la batalla del río Guadalete, fechada el 19 de julio del año 711, autoproclamada heredera de la extinta monarquía visigoda, era de la estirpe real de Kindaswindus, y espatario del rey Egik, a pesar de la controversia que existe sobre su verdadero origen, godo, astur o británico, y fue elegido rey al estilo germánico y proclamado rey a la manera visigoda, elevándolo sobre su propio escudo por sus más nobles guerreros, al igual que su yerno, Alfonso I, uno de los primeros monarcas asturianos, quien expulsó a los moros de Galicia y de León, y se enorgullecía de ser de la estirpe de Recaredo y Hermenegildo. Por su parte, su nieto Alfonso II afirmaba en el Epítome Ovetense del año 883, también llamada Cronicón Albeldense: “Todo el orden de los godos tal como existió en Toledo quedó instituido en la Iglesia y la corte de Oviedo”, y es en dicha crónica tal como apunta Antonio Hernández Pérez en “Las Castillas y León, teoría de una nación”, donde se califica también a la relación de monarcas astures como Ordo Gothorum Ovetensium Regum (“relación de los reyes godos de Oviedo”), pues su razón de ser era mostrarse heredera de estos visigodos. De hecho, la cruz de la bandera de Asturias es una cruz visigoda, que fue uno de los primeros emblemas de la Reconquista,

Desde el mismo momento en que la Historia se enfrasca en el estudio de los reinos cristianos altomedievales, la presencia en todos los ámbitos de la vida de rasgos de origen germánico hizo evidente que no se había producido ninguna cesura importante entre el antiguo reino visigodo de Toledo, que se había hecho con la práctica totalidad de la península, y las nuevas estructuras septentrionales. El acuerdo entre los historiadores sobre esta cuestión era general, solo se discutía sobre cuestiones de detalle. De hecho, algunos historiadores consideran –no sin parte de razón– al reino visigodo de Toledo como el primer Estado hispano unificado. Su derrota y consiguiente invasión musulmana con los ocho siglos de ocupación islámica de nuestra tierra, significó la fragmentación del antiguo reino germano-hispánico. Núcleos de resistencia cristiana se formaron en torno a las grandes cordilleras montañosas de nuestra geografía, cada uno de esos núcleos fue generando una evolución propia y local del antiguo idioma hispano-romance de una gran uniformidad en toda Hispania durante la época visigoda. También las leyes y las costumbres fueron adaptándose en cada uno de aquellos núcleos de resistencia pero siempre conscientes de su herencia común. La nobleza visigoda fue la que en cada uno de ellos dio nacimiento a los reinos cristianos y organizó y protagonizó la reconquista del territorio arrebatado por los musulmanes con el objetivo de reconstruir el antiguo reino de Toledo. Esa es la historia de nuestra reconquista y en última instancia , el origen del concepto político de España.

Sin embargo, en la década de los años 70, dos historiadores medievalistas, Abilio Barbero y Marcelo Vigil, publicaron una serie de trabajos sobre el fin del mundo visigodo y los inicios de los primeros núcleos de resistencia cristiana en el norte astur-cántabro. Su tesis, que gozó de un éxito inmediato entonces, por razones más bien extra-académicas, como señala Luis Garcia Moreno, sostenía, que astures y cántabros jamás fueron sometidos por los visigodos, y que, tras la desaparición como poder dominante en la península de estos últimos, se formarían núcleos de resistencia indígena al poder islámico. Esta tesis o, mejor dicho, hipótesis, está hoy totalmente anulada, desechada y destruida desde todos los puntos de vista. Los trabajos del profesor de Historia medieval Armando Besga Marroquín (“La situación política de los pueblos del norte de España en la época visigoda”, Bilbao 1983; y “Orígenes hispano-godos del reino de Asturias”, Oviedo 2000), y de J.M. Novo Guisán (“Los pueblos vasco-cantábricos y galaicos en la Antigüedad tardía”, Alcalá de Henares 1992), que confirman las tesis de Claudio Sánchez-Albornoz en este sentido, han supuesto la revisión y la carta de defunción de las tesis de los historiadores Barbero y Vigil, Los godos conquistaron el norte y crearon alli los ducados de Cantabria y de Asturias. Tan sólo no llegaron a controlar el Ducado de Vasconia, creado en el siglo VII. Del ducado de Cantabria nos informan la Crónica Albeldense o la redacción rotense de la Crónica de Alfonso III. Del ducado de Asturias las fuentes históricas son más antiguas: el Cosmógrafo de Rávena o San Valerio del Bierzo. Por otra parte, el registro arqueológico testimonia una notable presencia visigoda en la región astur-cántabra durante los siglos de existencia del reino visigodo de Toledo: de necrópolis a cecas (Pésicos), de restos arqueológicos a las típicas pizarras visigóticas, el registro nos habla de la presencia goda. Territorios controlados políticamente por la atistocracia visigoda, Asturias y Cantabria sirvieron de refugio a millares de germanos que subían no sólo desde los Campi Gothorum (Claudio Sánchez-Albornoz calculó un primer asentamiento en estas llanuras de unos 60.000 germanos), sino desde todo el desaparecido reino: “…(los hispanovisigodos) dirigiéndose fugitivos a las montañas sucumben de hambre” podemos leer en la Continuatio Hispana del 754, o también en la Crónica de Alfonso III: “entre los godos que no perecieron por la espada o de hambre, una parte se acogió a Francia, pero la mayoría se refugió en esta patria de los asturianos”. Las fuentes musulmanas (Al Razi, el Ajbar Maymu’a, Ibn’Idari, etc) narran los mismos acontecimientos. Los numerosos hidalgos de la zona en la Edad Moderna, sucesores a través de los infanzones, de los filii primatum visigodos; la toponimia, tanto en su aspecto positivo, que prueba inmigraciones colectivas, como en el aspecto negativo, que explica la desaparición de topónimos germánicos en el valle del Duero; la temprana presencia de nombres godos y la pronta aparición en la región de instituciones de estirpe germánica, sólo explicables a través de la inmigración visigoda, son los argumentos clásicos que para Claudio Sánchez-Albornoz (“Despoblación y repoblación en el valle del Duero”, Buenos Aires 1966) avalan la realidad de la migración gótica hacia el norte de la península. Allí, los godos reconstruirán sus estructuras políticas según sus usos tradicionales. Por eso, algunas zonas del norte peninsular, especialmente Cantabria, como lo constata la arqueología medieval, conoce un proceso de aumento demográfico durante el siglo VIII, que no se explica por causas endógenas. La morfología del registro arqueológico avala que es el producto de la llegada masiva de gentes procedentes del sur, en su mayoría desde la meseta septentrional. Los cronicones asturianos recogen estos hechos. Y asi, un nuevo ente politico, el llamado reino de Asturias, organiza a estas gentes y estructura el territorio bajo su control. Y será desde estas zonas, y teniendo como protagonistas a las gentes que se han estabilizado en ellas los siglos VIII y IX, desde donde comenzará la repoblación del sur. Y será el núcleo étnico que se autodefine como “gótico”, y que es demográficamente minoritario, el que jugará ese papel que comienza en esas tierras y entre esas poblaciones. A partir de una coyuntura militar favorable al reino del norte, toda la meseta superior se convetirá hasta el siglo XII en un espacio cuyo “vacío” condiciona la naturaleza de la frontera y de las campañas guerreras de unos y otros, pero, a la vez, en el escenario de un grandioso y complejo proceso de repoblación y cristalización de etnogénesis.

Efectivamente, el proceso reconquistador y repoblador que se inicia en el lado septentrional de los montes expande un ente politico esencialmente germánico y un pueblo étnicamente germanizado. El reino ovetense pronto recrea las instituciones politicas de la desaparecida corte toledana, en todos los ámbitos: I.G. Bango Torviso (“De la arquitectura visigoda a la arquitectura ovetense: los edificios ovetenses en la tradición de Toledo frente a la de Aquisgrán”, Madrid 1992) escribe acerca de la arquitectura “prerrománica astur”: “En líneas generales, se puede afirmar que los espacios arquitectónicos de los edificios y los aspectos sociales que explican su funcionalidad son los mismos que se codificaron en el arte tardo-romano de la Hispania gobernada por los reyes godos de Toledo. Es en este sentido que prefiero hablar más unitariamente del arte medieval prerrománico y considerarlo, como he hecho en alguno de mis últimos trabajos, como la prolongación del ordo gothorum. Esta tradición no se agotará hasta que sea suplantada por el arte románico”.

El pequeño núcleo neogótico pronto se estabiliza y comienza el lento regreso hacia el sur. Escribe Claudio Sánchez-Albornoz (“Sobre la libertad humana en el reino asturleonés hace mil años”, Madrid 1978): “Es notorio que la repoblación de la zona portuguesa se hizo por gallegos, suevo-godos y algunos mozárabes; que el reino de León se pobló por astures, algunos godos, algunos gallegos y muchos mozárabes. Y que repoblaron la Castilla condal, vasco-cantábricos, las masas godas refugiadas al norte de los montes y un puñado de mozárabes. La toponimia y el habla de cada una de estas regiones comprueban esas realidades”. También cabe indicar que hay común acuerdo en el goticismo de los mozárabes que migran hacia el norte, de lo que hay abundantes testimonios en las fuentes musulmanas, y en el carácter germánico, atestiguado por la antroponimia de muchos de los repobladores gallegos y asturianos. Todos los elementos remiten el inmediato pasado visigodo, y al carácter nórdico de las poblaciones góticas asentadas en la meseta, en la expansión desde las costas del Cantábrico hasta el Duero.

Así, mediante la reconquista y la repoblación, la España actual es consecuencia directa de aquella repoblación medieval llevada a cabo en toda la península de norte a sur. Del núcleo astur-cántabro nacería Castilla y León, que desde Asturias y Cantabria llegará hasta el estrecho de Gibraltar; del núcleo pirenaico oriental, nacerá Cataluña; de otro núcleo pirenaico contiguo nacerá Aragón, que se juntará con Cataluña dando lugar a la Corona de Aragón, y su posterior expansión en Valencia y Baleares. Del núcleo vasco, nacerá el reino de Pamplona, que luego será el de Navarra, donde también se puede rastrear cierta influencia visigoda, en un reino étnicamente vasco-navarro, pues incluso Claudio Sánchez-Albornoz reconoce la etnogénesis vascona (y no goda) del reino de Navarra, que será la aventura política del antiguo y valiente pueblo de los vascones. El final de la reconquista y la expulsión de árabes y judíos señalarán el nacimiento de la España imperial.

Sobre la etnogénesis goda del reino de Asturias encontramos toda la información en el libro del profesor de Historia medieval en la Universidad de Deusto Armando Besga Marroquín, titulado “Orígenes hispano-godos del reino de Asturias” (Oviedo, 2000), que confirma las tesis de Sánchez-Albornoz en este sentido. Los orígenes políticos, étnicos y sociales de los núcleos de resistencia cristiana que dieron origen a la reconquista, concepto que este autor reivindica con orgullo, han sido objeto de debate en los últimos decenios. Esta obra exhaustiva alcanza plenamente su objetivo de mostrar sus importantes orígenes hispano-godos desde un enfoque esencialmente político, en sentido amplio. Así, se abordan en esta obra, entre otras cuestiones, la situación política de los pueblos del norte peninsular durante el reino visigodo, la presencia goda anterior a la invasión musulmana o la posterior migración germánica hacia el norte de la península. Se analizan todos los reinados hasta el 812, fecha tras la cual, en palabras del autor, “cabe sospechar de la artificialidad de los elementos hispano-godos detectables, antes no”, analizando todos los elementos visigóticos presentes. El profesor Besga también estudia detenidamente el problema del sistema sucesorio al trono, sosteniendo su absoluta coherencia y continuidad con las prácticas del reino toledano. Sin embargo, la complejidad del problema obliga al autor a profundizar en cuestiones que van más allá de los político para tratar temas de calado étnico y social como la antroponimia, el arte o el “feudalismo” asturiano. En todos los ámbitos tratados, el autor demuestra lo decisivo de la presencia germánica en el nacimiento y futura expansión del reino de Asturias. En esta obra, que supone una demolición de las tesis “indigenistas” de los historiadores Barbero y Vigil, y sus continuadores, cabría resaltar además tanto la revalorización como fuentes históricas de las Crónicas asturianas como la reivindicación de la obra de Sánchez-Albornoz. El profesor Armando Besga Marroquín ha elaborado, sin duda alguna, uno de los trabajos históricos más importantes de las últimas décadas, cuya trascendencia supera el marco de lo exclusivamente historiográfico, para desbrozar senderos en la búsqueda de nuestros orígenes.

Tan sólo unos años antes de la batalla de Covadonga, la península ibérica en su casi totalidad (salvo el Ducado de Vasconia en el el norte de la península) se hallaba bajo el poder del reino visigodo de Toledo, y destacando entre los símbolos godos se encontraba la cruz visigoda, antiguo símbolo visigótico representado en numerosas ocasiones de una forma particular, normalmente con brazos iguales, tal como consta en los templos visigóticos de los antiguos reinos de Tolosa y Toledo, y quedando dicha cruz para la posteridad en los emblemas heráldicos de los diversos reinos y condados que devinieron durante la Edad Media procedentes del reino visigodo de Toledo.

Una posterior obra de los astures será el Reino de León, pues la población de este nuevo reino, fundado el año 910, no apareció allí por arte de magia, sino que fueron galaicos y astures los que lo sustentaron, pero con el nuevo nombre de leoneses. Por tanto, el Reino de León fue la expresión política medieval de astures y galaicos.

En su empuje conquistador, los reinos de León y de Castilla ganan a los moros los territorios que todavía les pertenecían, territorios con numerosos mozárabes que, conservadores de la tradición visigótica, hacen que rápidamente se puedan organizar las conquistas recién practicadas.

En lo que respecta a Extremadura, en el transcurso de la historia de Castilla, y en su avance hacia el sur, siempre hubo una frontera, y esa frontera en la Edad Media cristiana, siempre fue conocida como Extremadura. Las tres regiones que durante mucho tiempo van a formar las fronteras de los reinos cristianos van a ser las actuales Extremadura, Toledo y la región de La Mancha, y Murcia; la primera, Extremadura, como consecuencia del avance leonés, y las siguientes, como consecuencia del avance de los castellanos. Hay que hacer constar que la primera Extremadura castellana estuvo situada en el alto Duero, como se ve en el escudo de la ciudad de Soria, en el que reza el lema: “Soria pura, cabeza de Extremadura”. Con el tiempo, la frontera pasará a estar situada en Segovia, hasta las conquistas de Alfonso VIII en tierras de La Mancha.

Al mismo tiempo, el reino de León se expande, y sus Extremaduras comenzarán en Salamanca, más tarde vendrán Ciudad Rodrigo, Cáceres, Trujillo, Mérida y Badajoz, hasta que en el año 1230 se produce la unión de los dos reinos cristianos de León y Castilla. La región que hoy conocemos como Extremadura, corresponde a la antigua Extremadura leonesa. Por tanto, Extremadura fue en un principio una mera prolongación política del Reino de León por el oeste, y de Castilla por el este, si bien ya existía alli, antes, durante y después de la Reconquista, una población autóctona de etnia vetona, y posteriormente, en el siglo XVI, se la identifica en los mapas como “provincia fiscal” distintiva, diferenciada tanto de León como de Castilla.

En la Reconquista y posterior colonización de tierras extremeñas aparece un estamento nuevo que marcará el futuro de dicho territorio: las Órdenes militares, primero la Orden del Temple, y tras su desaparición, las Órdenes de Santiago, Alcántara y Calatrava. Sus miembros, caballeros o clérigos, vivirán colectivamente en casas o conventos bajo el mando del Comendador de cada distrito -encomienda- e implantarán un género de vida monástico-guerrero en las zonas fronterizas, cuya defensa les es encomendada. Faltos de medios y poco interesados en otras actividades económicas que la ganadería, debido en gran parte a sus necesarias estructuras bélicas, las Órdenes apenas se preocuparon de repoblar sus extensas posesiones, y esta situación creó un campo abonado para un régimen latifundista a ultranza, cuyos efectos habrán de pesar en la estructura económica y social de la región hasta nuestros días.

Finalmente quisiera hacer mención al Reino de Valencia, que, al igual que Murcia, también tuvo su propio reino, su identidad se formó por la mezcla de los mozárabes que aún vivían allí con gentes procedentes de otros territorios peninsulares, lo cual hizo que estos nuevos reinos no fueran meras sucursales de sus fundadores políticos, es decir, Castilla, Aragón y Cataluña, sino que adquirieron una personalidad propia y definida. El reino de Mallorca y las islas de Ibiza y Formentera, tienen igualmente una fecha de constitución jurídica dentro del Estado que era la Corona de Aragón, aunque su repoblación fue casi íntegramente catalana, si bien su carácter isleño ha hecho que adquieran características propias que las diferencian de sus fundadores.

En Aragón y Cataluña tampoco desaparecieron por arte de magia los antiguos pueblos ibéricos, además de visigodos y francos, que poblaban esos territorios, ni siquiera cuando algunos de ellos aceptaron el Islam. En el caso catalán, la antroponimia es tan goda como en el resto de la península, mientras que los nombres francos son absolutamente minoritarios, en cambio, el legado lingüístico gótico en la lengua catalana está en la huella gótica en la morfología, la fonética y el léxico en el romance catalán, musulmanes o cristianos, seguían manteniendo, como es lógico y natural, sus raíces etno-culturales antiguas, porque no hay que olvidar que la mayoría de los musulmanes de la península no eran “moros”, ni mucho menos árabes, sino que eran y siguieron siendo pueblos hispánicos de otra fe, pero étnicamente hispanos al fin y al cabo.

Lo cierto es que las verdaderas invasiones vinieron después, durante los siglos XI, XII y XIII (almorávides, almohades y benimerines) siendo las más peligrosas e importantes las dos primeras, y éstas sí alteraron la antigua constitución étnica de los pueblos hispánicos. De hecho, en el ámbito catalán, las mozarabías leridanas y tortosinas, las únicas de cierta entidad, pero bastante débiles desde el punto de vista demográfico, se fueron disolviendo en el tsunami repoblador, mientras que en Baleares y en el nuevo Reino de Valencia, los mozárabes habían sido laminados tras la aventura cidiana por el integrismo almohade, y dejaron de existir desde un siglo antes de las campañas de Jaime I del siglo XIII, por lo que no tiene ningún fundamento aducir el elemento mozárabe para dar cuenta de algún fenómeno lingüístico. Las raíces étnicas de los repobladores del Reino de Valencia fueron mayoritariamente catalanas y minoritariamente aragonesas, con la única excepción de las comarcas de Utiel y Requena que son étnicamente castellanas y que por tal motivo deberían de formar parte de la gran Castilla. Por tanto, la comunidad valenciana es una comunidad integrante del “ethnos” catalán, es decir, “un injerto catalán al sur del Ebro”, en palabras de Joan Fuster, de modo que no hay contraposición entre valencianos y catalanes, pues se trata del mismo ámbito catalán-balear-valenciano, la misma identidad étnica, lingüística y cultural. Dicho más claramente, los valencianos son étnicamente catalanes, al igual que los navarros son étnicamente vascos o los andaluces son étnicamente castellanos. Valencia es la Cataluña sur como Andalucia es la Castilla del sur. Por eso, el valencianismo anticatalán es tan absurdo como el navarrismo antivasco o como el andalucismo anticastellano.

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