Euskal Herria: raza frente a política. Por Eduardo Núñez

El día del País Vasco se celebra el 25 de octubre, en conmemoración de la fecha en la que en 1979 fue aprobado en referéndum el Estatuto de Autonomía del País Vasco, conocido como el Estatuto de Gernika, pero en realidad se trata de una fiesta foral porque esta fecha se puso en referencia al 25 de octubre de 1839, cuando se aprobó la ley por la que se confirmaban los fueros de las provincias vascongadas y de Navarra sin perjuicio de la unidad de España. Es, por tanto, un recuerdo de la España foral, que es la España tradicional, la España plural que fue defendida por el carlismo, una idea de España respetuosa con las identidades, tradiciones, lenguas y fueros de cada pueblo, pero la derrota de los tradicionalistas carlistas por los liberales en las guerras carlistas trajo consigo el centralismo de los gobiernos centrales bajos los Borbones desde Isabel II hasta Alfonso XIII. Previamente, Vasconia, al ser favorable a Felipe V de Borbón en la Guerra de Sucesión, pudo mantener sus fueros hasta que, en el posterior enfrentamiento entre los liberales isabelinos y los carlistas, los vascos optaron por el segundo bando, por lo que la derrota carlista también será la derrota de los vascos, que nunca hasta entonces se habían sentido extraños a una España que integraba armónicamente sus peculiaridades.

En el número de septiembre de 1978, la revista Euzkalerria, boletín de la organización CEDADE editado por su delegación navarra, publicaba un artículo titulado “Navarra vasca: raza frente a política”. Dicho artículo expone de forma clara e inequívoca el fundamento de una postura identitaria: que el elemento esencial que define un pueblo es su realidad étnica. Por lo tanto, las guerras y batallitas del pasado, las fronteras artificiales, los cambios dinásticos, los criterios políticos, administrativos, dinásticos o historicistas y demás avatares históricos son vicisitudes que marcan su camino a lo largo de la historia, pero nunca pueden definir a un pueblo, sólo condicionarlo políticamente, pero lo que es y define a un pueblo son sus raíces étnicas, es su identidad etnocultural, y eso obedece a criterios antropológicos, es decir, étnicos, lingüísticos y culturales, En este sentido, Euskal Herria (EH), término que ya era usado por los tradicionalistas carlistas, los cuales no eran independentistas precisamente, es la denominación histórica más apropiada para el espacio étnico en el que se manifiesta la identidad y cultura vasca, un nombre que especifica claramente una denominación que hace referencia a una realidad étnica claramente diferenciada. En la actualidad, su extensión territorial está formada por Iparralde (en el norte), correspondiente a las regiones de Zuberoa, Lapurdi y Behe Nafarroa, englobadas en el departamento de los Pirineos Atlánticos del Estado francés, y Hegoalde (en el sur), formada por las comunidades autónomas del Pais Vasco, y Navarra (incluso el historiador medievalista Claudio Sánchez-Albornoz reconoce la etnogénesis vascona del Reino de Navarra, de modo que Navarra es vasca, es parte de Euskal Herria, por supuesto desde el respeto a las particularidades de Navarra dentro del conjunto vasco), más el enclave burgalés del condado de Treviño por ser étnicamente vasco y que, por tanto, debería reincorporarse a Álava, y el “cántabro” de Villaverde de Trucíos en Vizcaya. El nacionalismo vasco también amplía sus reivindicaciones a dos simbólicas poblaciones consideradas como “irredentas”, Miranda de Ebro y Castro Urdiales, para completar su unidad territorial, todo ello en el Estado español. Por tanto, el pueblo vasco, es un pueblo dividido en dos Estados, el francés y el español. Así, denominaciones como Nafarroa, Euzkadi, Bizcaia, País Vasco, Vascongadas, Vasconia y demás, son incompletas por nombrar solo algunas de las regiones en las que históricamente ha vivido dividido el pueblo vasco. De hecho, EH ha tenido y mantiene en la actualidad diferentes realidades políticas y territoriales a pesar de ser hoy día una de las identidades más claramente diferenciadas de Europa.

Entre los símbolos más conocidos y representativos de este pueblo está el lauburu, cuya traducción al castellano es “cuatro cabezas”, una representación que también podemos encontrar en otros pueblos no vascos de la península ibérica y en otros rincones de Europa, y es que el lauburu, que compartió protagonismo en épocas anteriores con la euskal orratza –ambos esvásticas o trestasqueles– tiene un claro origen indoeuropeo, algo curioso ya que ni la lengua, el vascuence, que es un tesoro de la Prehistoria, ni el pueblo proto-vasco están incluidos en el grupo indoeuropeo, una de tantas contradicciones que encontramos en este interesante y antiguo pueblo, que encuentran una adecuada resolución en la europeidad del mismo. En palabras de Bernado Estornés Lasa: “Ni la raza ni el idioma vascos son extraños en el occidente europeo porque se les ve emerger de la raíz misma de la europeidad”.

En la Antigüedad, respecto al fenómeno cultural megalítico, hoy se sabe gracias al arqueólogo inglés Colin Renfrew, y a los resultados que han dado las pruebas del carbono-14, que el megalitismo es un fenómeno cultural que no nace en la cuenca mediterránea sino en el norte y el occidente de Europa, del que quedan abundantes muestras en Escocia, para expandirse desde allí en dirección sur atravesando la península ibérica, las islas Baleares, Córcega, Cerdeña y llegar al Próximo Oriente, donde las pirámides del Antiguo Egipto serían un último eco. En el caso de EH podemos ver megalitos como el llamado “choza de la hechicera”, en Álava, o el dolmen de Sorginetxe, es decir, “la casa de la bruja”, por citar solo dos ejemplos, que tanto tiene que ver con el paganismo vasco y con la mitología vasca, de la que nos habla el antropólogo Julio Caro Baroja en sus obras “Los pueblos de España” y “El laberinto vasco”.

Hoy se reconoce que los proto-vascos pertenecerían a una evolución local del hombre de Cromañón, que en el Neolítico sería conocida como tipo pirenaico-occidental, mientras que su lengua, el protoeuskera, que a día de hoy sigue siendo un código sin descifrar, pertenecería a un grupo euroasiático antiguo posterior a la última glaciación.

El antropólogo alemán Hans F.K. Günther compartía una opinión ampliamente extendida entre la comunidad antropológica de la primera mitad del siglo XX según la cual la lengua vasca recibe su fisonomía gramatical de grupos hablantes de una lengua, o unas lenguas, de la familia caucásica, llegadas al Pais Vasco con grupos humanos de tipología dinárica, esencialmente en el período del Bronce. La diferente acción de substratos, adstratos y superestratos transformará esas hablas o lenguas hasta producir la cristalización de los diferentes dialectos vascos. Desvincula, así, la lengua vasca de las poblaciones “cromañonoides” que desde el Paleolítico Superior habitaban el norte de la península. No es ésta , sin embargo, una visión muy clara ni para el nacionalismo vasco en general ni para algunos lingüistas vascos de hoy y de ayer en particular. Para Hans Günther, los vascos son una unidad racial bastante aislada y representan, en sentido étnico, una mezcla de población mediterránea con fuerte proporción nórdica y más débil alpina.

Por eso, en un pueblo tan antiguo como el vasco, la ikurriña no tiene arraigo histórico vasco alguno, pero es un hecho que hoy ha sido aceptada por la mayoría de los vascos actuales como su bandera, y como tal debe respetarse, aunque el símbolo del lauburu sea mucho más representativo de la tradición vasca, al igual que el arrano beltza (“águila negra”).

Los vascongados y los vascones forman parte desde tiempos antiquísimos una comunidad cultural y étnica unitaria, aunque los primeros formaron voluntariamente parte de la Corona de Castilla, y los segundos constituyeron su propio reino, el de Navarra, lo cual no hace que vasco-navarros dejen de ser un pueblo característico, es decir, un área identitaria homogénea que se puede llamar con todo derecho y propiedad Euskal Herria, siempre y cuando esta entidad se logre por unánime y expresa voluntad popular. La palabra “Vascongadas” quiere decir “terrae vasconicatae”, es decir, “tierras vasconizadas”, porque, siendo puristas, no es lo mismo vascón que vasco, aunque hoy no tenga ninguna importancia esta distinción. Vascones fueron los antiguos pobladores del Pirineo central que, extendiéndose, se mezclaron con tribus celtas del Pirineo oriental y costa del Golfo de Vizcaya (várdulos, caristios y autrigones), minoritarias respecto al conjunto vasco, resultando de ello una vasconización de estos pueblos por la superioridad numérica de los vascones. De ellos ya habla Estrabón en el siglo I. Los vascones aparecen nombrados ya en textos del año 70 a.C., y el nombre que los romanos dan a este pueblo tiene el radical -uasc, emparentado o derivador de la raíz propiamente vascuence -eusk, usada en euskera para denominar a su propio pueblo. Sin embargo, en las zonas pirenaicas y en las abruptas Vizcaya y Guipúzcoa no existió, a excepción de la zona costera, romanización.

Más adelante, tras la caída del Imperio romano, los visigodos ocupan la mayor parte del territorio de la antigua Hispania, sin embargo ese control visigodo no llegó a la zona vasca, donde surge el llamado Ducado de Vasconia en el siglo VII, una entidad politica vasca en la que no llegó a existir una autoridad central efectiva del territorio, quedando en manos de diferentes caudillos tribales difíciles de someter tanto por parte de los francos como por parte de los visigodos. Posteriormente, los invasores árabes ocuparon el sur del Ducado de Vasconia, y en ese contexto surge el Reino de Pamplona, como heredero político del Ducado de Vasconia. Sin embargo, este Reino de Pamplona perdería las tierras comprendidas entre el Adur y el Garona, que pasarán a constituir el Ducado de Gascuña (término derivado de Vasconia) donde paulatinamente desaparecerá el euskera, alejándose así de la historia común de EH. De hecho, en el valle de Arán, que es la Occitania española, que es el único lugar de España donde se habla una lengua galo-romance, el aranés, la presencia de una lengua prerromana, que podríamos calificar como vascuence, es todavía una evidencia en el léxico actual y en gran número de topónimos del valle de Arán. La misma palabra “aran” significa “valle” en euskera.

Por tanto, sobre las ruinas del Ducado de Vasconia, que había sido la primera cristalización política vasca, y en torno a la vieja capital vascona de Iruñea, se unieron las gentes y las tierras de habla vasca que dieron nacimiento al reino de Pamplona, llamado “Al-Bascunis” -reino vasco– por los invasores árabes, que denominaban vascos a los navarros pues dicho reino estaba habitado por gentes de estirpe vasca y de lengua vascuence.

El profesor de Historia medieval en la Universidad de Deusto Armando Besga Marroquín, que apunta a la existencia de algunos clanes godos en la zona norte de Navarra, sin embargo también confirma la naturaleza profundamente vasca del sustrato poblacional que dio nacimiento al Reino de Pamplona, que en el año 1162 adquirirá la denominación oficial de Reino de Navarra, que será simplemente una continuidad del de Pamplona. Así, durante la Reconquista, del núcleo vasco del Ducado de Vasconia nace el Reino de Pamplona, más tarde llamado de Navarra, donde se puede rastrear cierto influjo político-ideológico visigodo en un reino étnicamente vasco-navarro. Navarra será así la aventura política del antiguo y valiente pueblo de los vascones. Y por eso, Navarra es vasca. Por eso, Navarra es Euskal Herria.

Euskal Herria hoy sigue siendo un pueblo que lucha, como a lo largo de toda su larga historia, contra los que niegan su identidad, y los que negarían su existencia si pudieran. Si antaño fueron los militares liberales isabelinos su enemigo, hoy lo es la aldea global. Un pueblo que ha resistido como ninguno a los sucesivos intentos de etnocidio cultural por parte de un Estado que no lo ha entendido nunca como pueblo sino que lo ha percibido siempre como “enemigo”, como “provincias traidoras” y como un problema al que se debe disolver en el anonimato del centralismo igualitarista, etnocida y laminador de identidades. De ahí que desde el identitarismo sea preciso defender su identidad contra todas las campañas de negación y de insultos contra el pueblo vasco por parte del Estado, de los medios de comunicación, así como de la extrema derecha españolista, a los que hay que oponer el enraizamiento fundado y basado en una dimensión étnica, en la sangre y el suelo, en la herencia de un pueblo que se niega a desaparecer. Por eso, el movimiento identitario no puede ni debe olvidar que en las ahora llamadas provincias vascongadas el euskera fue prohibido y perseguida cualquier manifestación cultural o identitaria vasca en aras de una absoluta uniformización totalmente ajena al carlismo o al fascismo en el que aquel nuevo Estado franquista decía representarse en sus primeros años pero que, en realidad, era portador de una ideología centralista y jacobina de matriz liberal, que así se perdió una oportunidad de afianzar un nacionalismo vasco identitario, y que a base de torpezas e injusticias llevó al nacionalismo vasco a ser antiespañol, grave error iniciado ya antes por Sabino Arana, fundador del PNV, al que no se le debe criticar por su racismo vasco sino por su hispanofobia.

Por el ello, el futuro para Euskal Herria pasa por un movimiento identitario de corte social de modo que solo un nacionalismo identitario vasco, y no liberal, puede servir para hacer entender a este antiguo pueblo europeo que la única salida efectiva para la defensa de la identidad vasca es la de la lucha por su supervivencia como pueblo y la implicación, junto a los demás pueblos europeos en un nuevo proyecto colectivo concebido como único marco posible de reorganización y destino. La lucha por la identidad vasca dentro de una Europa social, autocentrada e independiente de la oligarquía financiera internacional es la única garantía de supervivencia y afirmación para Euskal Herria y para los demás pueblos de Europa.

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