La Europa que cabalga. Por José Luis Jerez Riesco

Una de las máximas aspiraciones, en el pensamiento de Léon Degrelle, era la forja de Europa en un continente unido y compacto, donde sus habitantes genuinos compartieran los cauces de sus caudalosos ríos, las tierras planas, onduladas y encrespadas de su peculiar orografía, los bosques, viñedos y trigales, el litoral bronco o amable de sus costas oceánica o marina, el tronco común de su arcaica genealogía humana, las virtudes y valores raciales, la cúpula azul o cenicienta del cielo protector, los avatares de una gran Historia repleta de epopeyas y leyendas, el paisaje urbano de sus aldeas y populosas ciudades y, con plena y especial intensidad, la cultura y la civilización, el arte y las tradiciones, los acordes de la música clásica o de la literatura universal, sus creencias mitológicas y la religión de sus mayores, en definitiva, la reunificación del espíritu y el alma del pueblo europeo.

Léon Degrelle vivió una experiencia, única y unificadora de su impetuoso anhelo y su fascinante sueño europeo, en el Frente del Este, donde contribuyó, como cualificado guerrero, con ardor y desafío, viendo derramar la sangre, valiente y generosa, de una generación marcial, joven, disciplinada y alegre, que se batía, en los hielos y las trincheras, para redimir y compactar al viejo continente, en un destino comunitario.

El caudillo Rexista consideraba Europa cono “una inmensa civilización”, antañona y vetusta, con milenios de existencia; entendía que era, en definitiva, una manera peculiar de vivir. Fundamentaba sus pilares y raíces en una noble y legendaria cuna, de donde irrumpe tanto su orden político como su cultura y civilización propias, teniendo a la Grecia antigua como referente espiritual e insuperable, que nos legó el patrimonio de “el arte, los templos, las esculturas, la filosofía, las ciencias y las columnas”, que sirven de soporte vertical entre la tierra y el firmamento y son el denominador conjunto de la mejor estética continental.

Si Grecia fue el cimiento, Roma, sus águilas y su imperio, descendientes de la loba capitolina y nutricia, expandieron hasta alejados y recónditos confines, la creación fulgurante del genio griego, poniendo especial énfasis, al unísono, al paso gentil de sus legiones, en sus innovaciones y aportaciones peculiares: divulgando el latín como lengua culta y radical, derribando con ello la barrera de cualquier incomprensión semántica entre los pueblos indoeuropeos de aquellos primitivos pobladores, incorporados al gran mosaico imperial; fueron los romanos constructores infatigables de la obra pública, calzadas y puentes, por doquier, para salvar cualquier obstáculo natural; levantaron templos y teatros, circos y coliseos; baños termales y foros; enseñaron a las gentes la mesura normativa y conceptual del Derecho; dotaron a los moradores de Europa de la espada, como medio de combate, y el arado, como utensilio imprescindible de labranza, y en las vísperas de las postrimerías de su esplendor, como fabuloso legado inmaterial, terminaron adoptando, a partir del año 313, por el renombrado emperador Constantino, la religión cristiana, poniendo así, a los ciudadanos de tan vastos dominios, bajo el signo de la Cruz, como icono de gloria y redención.

Los romanos conjugaron, como nadie, los dos principios máximos de la autoridad y la libertad, y establecieron periodos memorables de Orden y de Paz. La cultura quedó asentada para siempre en la savia que fertilizaba el carácter y la idiosincrasia de los europeos, cobijados en una Europa romana, que abarcaba “cinco mil kilómetros de ancho, dos mil kilómetros de alto y más de diez millones de kilómetros cuadrados”, unida como el haz de un líctor, por el vértice de la Lex y la fuerza intelectual y moral de la nueva creencia.

Tras la caída del Imperio, del mundo greco-latino, se fracturó la convivencia y la fraternidad europea, lograda por el espíritu romano, aunque se intentó, posteriormente, en varias ocasiones, restañar las fisuras de la dispersión de sus gentes, como fueron las tentativas frustradas de Carlomagno, a quien se le reconoce su decidido empeño de volver a ser el emperador de Europa; los Hohenstauffen, con Federico II; las Cruzadas de la Cristiandad; Carlos I, que batalló por la reconstrucción europea, Napoleón o el último paladín de Europa, Adolf Hitler, a quien Degrelle consideraba como “el genio más fenomenal que ha conocido la Historia humana”, quien se enfrentó, para alcanzar la unidad europea en su dimensión civilizadora, contra los sempiternos enemigos del proyecto de la Nueva Europa auténtica, con altura de miras, fuerte a la par que diversificada, pues Degrelle entendía que la única salvación a futuro de los europeos era tener alas fuertes, con un férreo ideal social, patriótico, de gran calado y dimensión europea, y religioso en el plano espiritual.

Si los pueblos europeos formaban una débil emulsión disgregadora, perduró siempre en su ánimo, en lo más profundo de su ser comunitario y ancestral, a través de los siglos, en sus entrañas, la vitalidad de su civilización, evidenciada en sus signos externos del arte y la ciencia y de sus señas de identidad, de conciencia íntima y espiritual, de pertenencia a una gran familia, con plena legitimidad de origen y de ejercicio.

La descomposición de Europa en minifundios era, para Léon Degrelle, un síntoma de decadencia, quien opinaba que “para tener un gran papel en la Historia, para difundir una gran civilización, hay que tener un centro fuerte y un centro puro”, donde la homogeneidad de objetivos fuera un aliciente de realización de empresas integradoras y colectivas. No dudaba en reconocer que las lenguas regionales, provinciales, eran cosas hermosas y perfectamente respetables, pero “si queremos tener un espíritu europeo, tenemos que ver un poco mas lejos, sobre todo, si queremos pertenecer a la Cultura Universal, de verdad”.

No vacilaba en reconocer que lo que salvó a Europa fue el Renacimiento, es decir, cuando retornó a sus fuentes culturales de Grecia y de Roma, como fermento civilizador, que quedó reflejado en los denominados siglos de oro, pero la asignatura pendiente es culminar la unidad política de Europa, sin el lastre de los especuladores y mercaderes, que siempre están al acecho merodeando en torno al hedor de sus incesantes lucros de rapiña.

Cuando se cumple ahora, el XXV aniversario del fallecimiento de Léon Degrelle, nos ha dejado una consigna imperecedera, “La Europa Real”, que hoy revitalizamos en su recuerdo uniéndonos a sus vivos deseos con un renovado grito en su honor: ¡Viva Europa!

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